El confinamiento debido al coronavirus

— Kontxi vecina de Laudio

Este confinamiento para mí como  mujer que ya sobrepaso la sexta década y que he vivido experiencias duras y traumatizantes, ( emigración en los años sesenta al centro de Europa  de sus congéneres y hermanos mayores, internado en un colegio de religiosas en  su adolescencia  y ya de mayor desastres naturales como la riada del 83 y el bloqueo de la autopista en pleno invierno del 2.006 durante 13 horas coincidiendo con el tsunami devastador en las costas de Oceanía),  no me siento acobardada pero sí temerosa ante esta situación de confinamiento. Reflexiono y  con calma y sin anticiparme a los hechos afronto esta novísima y jamás conocida  situación de la mejor manera posible.

Cuando decretaron el Estado de Alarma y aconsejaron el aislamiento en nuestros hogares, me quedé con la boca abierta y rápidamente me acordé de lo que nos contaba Ana Fran en su diario.  En lo primero que se piensa es saber si tienes la despensa completa y si se van a tener las necesidades básicas cubiertas. Desde el principio no había duda pues garantizaron el abastecimiento de todos los productos y teníamos “libertad” de salir a la calle a realizar  la compra. En cierto modo me sentí aliviada.

El primer día de confinamiento, 16 de marzo, lunes, empieza a reinar un silencio inesperado: nadie ni nada  por la calle….  Cuando a las ocho de la tarde-noche salí  a “aplaudir”  una sensación de miedo, incertidumbre e inseguridad me invadió e incluso se me humedecieron los ojos y eso mismo observé en mi hija y mis vecinos más próximos. Yo  reflexioné y me dije: no  puedo dejarme  caer en el desánimo. Hay que buscar una nueva rutina para estos días de confinamiento y mantener la alegría, ilusión y esperanza. El resto de los días ya fueron aplausos y oír música con la vecindad y seguido en casa jugaba una partida de cartas, al chinchón, con la familia.

Ahora, ya han pasado tres, cuatro y cinco semanas y la situación se sobrelleva. Sin embargo sigo preocupada  por todas las personas que siguen trabajando en sanidad, servicios públicos, residencias de mayores, educación, agricultura, pesca, en el transporte. Pero,  de igual manera o más me preocupan todos y todas las que se han quedado sin trabajo y tienen que afrontar  no sin penurias el día a día. 

Siendo perseverante,  confío que de esta situación saldremos y ojalá demos vuelta a nuestra escala de valores y nos sintamos más humanos. Hemos de aprender a vivir sin tanta velocidad. Cuidar de nuestros mayores. Compartir tiempo con la familia, con la vecindad. Comprar en la tienda próxima a casa productos cultivados en el entorno. Compartir ratos de ocio y cultura en el mismo pueblo sin tener que ir a la ciudad. Evitar que nuestros jóvenes tengan que emigrar y darles facilidades para que puedan realizar su proyecto de vida en el entorno próximo. Contaminar menos …..etc. En definitiva conseguir que nos sintamos personas más sanas y felices.

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