Reseña de «El cuento de la criada» (Margaret Atwood), por Miren Rico Tolosa

A pesar de ser un clásico de la literatura distópica anglosajona, esta novela ha pasado casi desapercibida entre los lectores europeos, eclipsada quizás por nombres como George Orwell o Aldous Huxley, sobre los que cuelga el cartel de padres del género distópico gracias a trabajos tan resonantes como 1984 y Un mundo feliz.

A pesar de tener una imponente competencia, fue en 1985 cuando Margaret Atwood (Ottawa, 1939) publicó la primera edición de El cuento de la criada, seguido de otros muchos títulos a tener en cuenta como Ojo de gato (1988), Alias Grace (1996), El asesino ciego (2000) o el recientemente publicado Por último el corazón (2015).

Sin embargo, hasta este año no le ha llegado el reconocimiento mundial con la fortuna de ver su obra adaptada a la gran pantalla y haberse convertido en una aclamada serie ganadora de ocho premios Emmys. Y es que si bien Orwell y Huxley merecen el título de padres de la distopía, Atwood sin duda ha conquistado el de madre del mismo.

Así pues, El cuento de la criada es una terrorífica novela ambientada en la ficticia Republica de Gilead cuyo férreo régimen puritano ha doblegado a las mujeres al papel de recipientes para traer al mundo nuevos individuos con los que garantizar la continuidad de la humanidad. Y es que el destino de aquellas incapaces de procrear está sujeto a la ejecución pública o al destierro, por lo que apenas queda elección.

Es así como las mujeres que son sometidas a dichos preceptos ven controlada su vestimenta, su alimentación, sus creencias, su vida sexual y hasta su voluntad. De la mano de Defred, el lector experimentará en sus carnes el asfixiante modo de vida de una mujer cuya vida ha sido arrebatada súbitamente para verse encorsetada entre las costuras de su nueva capa roja.

Margaret Atwood dota al escalofriante relato de una mujer sometida a toda clase de sufrimiento de una prosa penetrante, contando cada pensamiento, cada momento de flaqueza, cada imperfección, cada resquicio y cada recuerdo de un pasado casi borrado.

Pero a fin de cuentas, en palabras de Defred, nada es para siempre, y toda injusticia tiene sus grietas, pero para descubrirlas hay que tener paciencia, perseverancia y esperanza.

Al final de este hermoso viaje (aunque sea por un territorio tan árido como la economía) que trasciende estrictamente el análisis de género, intuimos que ha sido la mirada a través de los ojos, el cerebro y el corazón de una mujer (feminista) la que nos ha hecho percibir realidades que la historia narrada en masculino suele ocultar.

Y entonces resulta más fácil compartir esa pregunta que después de la definición canónica de la economía a la que me refería al principio de esta reseña, y que procede curiosamente de otra mujer (la economista Julie Nelson), formula la autora: ¿Podemos imaginarnos qué distinto sería el mundo si hubiéramos definido la economía, por ejemplo, como la ciencia que estudia cómo los humanos satisfacen sus necesidades y disfrutan de los placeres de la vida utilizando los regalos de la naturaleza?

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