Reseña de «¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?» (Katrine Marcal), por Begoña Knör

Casi al final de su libro, Katrine Marcal, autora sueca afincada en Londres, recupera esta definición clásica de la economía como (la) “ciencia que analiza el comportamiento humano como la relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos” (Lionel Robbins, 1932).

Previamente, hemos transitado con ella a través de su libro, de título tan sugerente como su contenido: ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, por el territorio de la economía liberal y capitalista dominada desde su origen por el paradigma del egoísmo y el cálculo racional como el único motor de creación de la riqueza. Todo arranca con la presentación del “homo economicus”, criatura emergida del cerebro de Mr. Smith (en su obra La riqueza de las naciones, 1776).  Marcal lo describe como un ser estrictamente racional, que dedica todos sus esfuerzos a la satisfacción de sus intereses personales mediante la maximización de sus opciones, y sobre cuyos hombros se ha construido el capitalismo actual. El “homo economicus” parece un ser asexuado y dotado casi de un solo órgano: un cerebro poderoso que pone su raciocinio al servicio de sus intereses particulares. Para él, las emociones, las relaciones de colaboración entre iguales, los fines altruistas son insignificantes y ajenos (cuando no molestos) a la colosal generación de riqueza que el capitalismo estaba llamado a extraer de ese asombroso equilibrio de egoísmos individuales que este “homo economicus” consiguió construir de forma casi taumatúrgica.

Pero este libro de Marcal tiene la virtud de permitirnos mirar tras las bambalinas, y nos ayuda a destejer la trama. El mito fundacional del capitalismo es, como tantas otras cosas, una falsa verdad asentada en la fuerza de lo que se asume sin reflexión. Y así descubrimos, después de intuirlo desde la primera escena de una cena cuidadosamente preparada al Sr. Smith por su propia madre sin otra motivación que el amor y el cuidado por su hijo, que el “homo economicus”, al igual que su progenitor, no solo tiene género (obvia y rotundamente masculino), sino que su gesta falsamente prometeica habla en realidad de otra historia secular (una más) de marginación y reducción a la insignificancia de unas mujeres que han sido y son, sin embargo, el sustento real de “la vida concreta”.

Al final de este hermoso viaje (aunque sea por un territorio tan árido como la economía) que trasciende estrictamente el análisis de género, intuimos que ha sido la mirada a través de los ojos, el cerebro y el corazón de una mujer (feminista) la que nos ha hecho percibir realidades que la historia narrada en masculino suele ocultar.

Y entonces resulta más fácil compartir esa pregunta que después de la definición canónica de la economía a la que me refería al principio de esta reseña, y que procede curiosamente de otra mujer (la economista Julie Nelson), formula la autora: ¿Podemos imaginarnos qué distinto sería el mundo si hubiéramos definido la economía, por ejemplo, como la ciencia que estudia cómo los humanos satisfacen sus necesidades y disfrutan de los placeres de la vida utilizando los regalos de la naturaleza?

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